Lux sum
“He sentido siempre un vacío que nada en este mundo puede llenar. Ni lo material, ni las experiencias, ni el amor. Quizá ese espacio sea de Dios, y solo Él pueda llenarlo.” – Rosalía.
Rosalía ha publicado lo que será el nombre y la portada de su nuevo disco. En ella aparece con velo y con simbología católica y, como era previsible, las redes sociales han estallado.
Algunos advertían que, si hablaba de Dios, terminarían “en psiquiatría voluntaria”. Otros esperan con ansia que todo sea una crítica feroz a la iglesia, a aquella que —según ellos— colonizó, quemó brujas y respalda terapias de conversión. El mensaje es claro: Rosalía puede ser lo que quiera, menos creyente.
Lo que revela todo este alboroto es un desconocimiento radical de lo que significa ser cristiano. Hoy en día, la fe se trata como ideología, postura política, adhesión a un supuesto y mitificado pasado oscuro de Occidente. El cristianismo se reduce a un espantajo útil, un símbolo que sirve para adornar, para acusar, para separar.
Yo tampoco lo entendí en su tiempo. Recuerdo a la hermana Victoria en clase de religión, explicando —con ese nervio que la caracterizaba— que la fe era un don que Dios daba y que no podías elegir. Yo, a mis 14 años, no entendía nada. ¿Cómo que no se puede elegir si creer o no en Dios? No fue hasta años después cuando conseguí comprenderlo, cuando ya había intentado alejarme varias veces y todo me llevaba de vuelta a Él. La fe no se conquista con el intelecto ni con la voluntad; te ocurre, te atraviesa, se impone con una suavidad extraña, casi insolente, como el agua que encuentra su cauce incluso cuando intentas desviarla.
Mi familia siempre ha practicado el catolicismo por tradición, ese de bodas, bautizos y comuniones y poco más. El rito por compromiso y no por convicción, como en tantos hogares de España. Mi abuela, sin embargo, era distinta. Cada noche, antes de dormirse, rezaba ante el Sagrado Corazón que presidía su habitación. Yo escuchaba desde la habitación de al lado, sin comprender del todo qué es lo que hacía. Cuando murió mi abuelo, su oración se transformó en algo tan cotidiano como darle las buenas noches, aunque ya no lo tuviera tumbado a su lado en la cama. Después de rezarle una salve a la Virgen del Carmen, siempre venía un: “Buenas noches, amor mío, descansa en paz”, con naturalidad, como si hablara con alguien que seguía presente. No fallaba ni una sola noche. Para ella, el amor no terminaba con la muerte; seguía vivo, pero en otra dimensión que yo no alcanzaba a imaginar. Era como si la muerte fuera solo una puerta, no un muro.
Cuando ella murió, heredé ese Sagrado Corazón. Ahora está conmigo y le rezo con una fuerte devoción. Bajo su mirada y gracias al amor inquebrantable de mis abuelos comprendí lo que antes no podía: la muerte no es el final. Dios venció a la muerte. Cristo resucitó. Y eso lo cambió todo.
He tenido etapas en las que quise alejarme de todo eso. Etapas de rabia, de rechazo, de intentar construir una vida sin Dios porque me parecía más honesto, más inteligente, más libre. Y sin embargo, Él seguía apareciendo, porque Dios tiene formas silenciosas de recordarte que está ahí, incluso cuando tú haces todo lo posible por ignorarlo. Como esas semillas que brotan en el asfalto: nadie las plantó, nadie las riega, pero ahí están, tercas, vivas.
No sé en qué momento exacto cambió todo. No fue de la noche a la mañana. Tampoco hubo una epifanía dramática, una luz cegadora en el camino de Damasco. Fue más bien un goteo, una acumulación de pequeños momentos que, vistos en perspectiva, dibujaban un sendero claro hacia Él. Hoy voy a misa cada semana, leo el Evangelio a diario, paso horas en la capilla del Santísimo a solas con Él, le tengo presente en cada paso que doy. Y lo hago por pura necesidad, no por obligación. Descubrí que sin eso me falta algo esencial, como si me hubiera pasado días sin beber y, de repente, recordara que tengo un manantial al lado.
No pretendo convencer a nadie. Sería absurdo intentarlo y, además, contradictorio con la propia naturaleza de la fe. Si pudiera demostrarse con argumentos racionales, todos creerían. Pero la fe no funciona así. Es como el amor: puedes explicarlo con hormonas, con patrones neuronales, con teorías evolutivas sobre la supervivencia de la especie. Pero nadie que haya estado enamorado de verdad aceptaría que su amor es “solo” eso. Hay algo irreductible en ciertas experiencias humanas, algo que se escapa al laboratorio. Dios es una de ellas.
Y sin embargo, yo sé que existe. No lo creo, lo sé. He experimentado cosas que no admiten otra explicación. No hablo de coincidencias agradables, hablo de respuestas concretas, de cambios de guion en situaciones que parecían imposibles, de una paz que no tiene nada que ver con las circunstancias externas. He sentido su presencia de una forma tan tangible que negarla sería negarme a mí misma. Y sé que esto suena a locura para quien no lo ha vivido, pero precisamente por eso la fe es un don: porque no se demuestra, no se elige, te elige a ti. Y una vez que lo has vivido, ya no hay vuelta atrás. El mundo sigue igual, pero tú ya no vuelves a ser el mismo.
Me irrita cuando se confunde a Dios con una ideología política. Dios no es de izquierdas ni de derechas, no es conservador ni progresista, no es un símbolo de partido. Y me enfurece su apropiación por parte de quienes predican en su nombre y luego viven exactamente al revés de lo que Jesús enseñó. El hijo de Dios no fue un hombre de poder. No buscó palacios ni aplausos ni legitimidad. Eligió la humildad radical: nació en un establo, se rodeó de pescadores y pecadores, tocó a los leprosos que nadie tocaba, se enfrentó a las autoridades, perdonó a quienes lo torturaban. Y murió en una cruz, que era la forma más humillante de ejecución que existía, reservada para los criminales. Esa es la radicalidad del cristianismo: un Dios que se hace pequeño, vulnerable, hombre. Un rey que lava los pies de sus súbditos.
Yo oriento mi vida a parecerme a Él, aunque sé que siempre estaré lejos. Intento seguir sus pasos porque sus enseñanzas siempre serán una revolución moral que todavía no hemos sabido aplicar. Humildad, amor, justicia, igualdad: palabras que se gritan en manifestaciones sin recordar que Él perdió la vida por defenderlas.
Por eso a los cristianos no nos debe amedrentar ni el descrédito ni la burla. No hay insulto en Twitter ni mofa que resulte novedosa para quien sigue a un Dios que entró en Jerusalén vitoreado y la misma semana cargó una cruz entre carcajadas y escupitajos.
Hay gente que me dice que querría creer pero que no siente nada, que ha intentado rezar y solo ha encontrado silencio. A mí también me pasó hasta que comprendí que Dios habla de formas muy distintas y que a veces la clave está en aprender a escuchar de otra manera. No siempre es el trueno ni la zarza ardiendo. A veces es una luz que se enciende cuando la necesitas, un escalofrío inexplicable, la piel de gallina o encontrarte una medalla en mitad de la calle. Pequeñas señales que habrá gente que diga que son casualidades, pero que yo reconozco como imposibles de atribuir al azar. Como las estrellas en la noche: están ahí siempre, pero solo las ves cuando dejas de mirar las luces artificiales que te ciegan.
Vivimos en una sociedad sedienta de fe, con una imponente necesidad de creer en algo. Quienes critican al cristianismo con desprecio muchas veces confían en horóscopos, supersticiones o conjuros que no son otra cosa que intentos humanos de tapar huecos, rellenar vacíos. Todos parches, no cimientos. Nada se parece a esto.
Soy consciente de los fallos de la Iglesia, cómo no iba a serlo. La Iglesia la construyen hombres, pecadores imperfectos como todos nosotros, y por eso arrastra consigo nuestras miserias, nuestros fallos, nuestras contradicciones. Ha cometido errores históricos terribles, ha callado cuando debía hablar, ha estado del lado equivocado demasiadas veces. Pero Dios es más que la Iglesia. Es como confundir el recipiente con el agua: puedes romper la jarra, pero el agua sigue siendo pura. Sin embargo, también quiero romper una lanza por una cara de la institución que se ignora sistemáticamente: la red de asistencia a los pobres que funciona en cada parroquia, las comunidades que sostienen vidas enteras, la presencia en sitos donde nadie más quiere estar. Pienso en la parroquia de la Sagrada Familia de Gaza y en su valentía al negarse a abandonar la zona a pesar de los continuos bombardeos; también en los misioneros que trabajan en lugares olvidados o en todos los religiosos que entregan su vida desinteresadamente al servicio de los demás. Eso también es la Iglesia, aunque no salga en los titulares.
Rezo por la gente que quiero y que no cree. No para convertirlos ni para salvarlos de nada, sino porque lo que yo tengo es un privilegio: el consuelo, el sentido, la certeza de que no estoy sola. Y me gustaría que todos lo tuvieran. No como imposición, sino como regalo.
Las iglesias son oasis de silencio en un mundo que no para de gritar. Ese silencio, por sí solo, ya es sanador. Y la misa es otro gran privilegio del que no somos conscientes hasta que lo vivimos de verdad. En ella tienes la oportunidad de parar y hacer examen de conciencia, practicar la humildad de pedir perdón por lo que has hecho mal, escuchar lecturas que tienen dos mil años y siguen vivas, pedir lo que necesitas, dar gracias por lo que tienes, vivir en comunidad en un mundo individualista, desearle a un completo desconocido algo tan grande y tan importante hoy en día como la paz. Y sobre todo, reivindico ese encuentro real con un Dios tan humilde que se convierte en algo tan pequeño y sencillo como un pan. Esa es la radicalidad que nadie entiende: Dios hecho migaja, vulnerable, accesible, entregado.
Si al leer esto algo ha resonado dentro de ti, si has sentido aunque sea un eco lejano de reconocimiento, te invito a que te acerques a una iglesia. Siéntate en silencio delante del Santísimo. No hace falta que sepas rezar ni que tengas respuestas. Solo abre el alma. Si algo te ha resonado dentro es porque Dios ya está llamando a tu puerta, y muchas veces lo que nos frena no es otra cosa que el miedo. El miedo a lo desconocido, a lo que implica, a cambiar de manera radical. Pero del otro lado de ese miedo hay una paz que no se parece a nada que hayas conocido. Solo tienes que dar el primer paso. El resto, Él lo hace.
Vuelvo al principio. A esos comentarios sobre Rosalía. Quise contar mi testimonio de fe para demostrar que la Iglesia y ser cristiano no son eso que muchos imaginan: no es estética vacía, no es símbolo político, no es refugio de conservadurismo. Ser cristiano es alegría, seguridad, amor. Es intentar parecerte a Jesús, que fue lo más revolucionario y subversivo que ha pisado la tierra. Es elegir la humildad en un mundo de egos, el amor en un mundo de odio, la entrega en un mundo de acumulación. Es creer que la muerte fue vencida y que, por tanto, nada está perdido.
“Si Dios está contigo, ¿quién contra ti?” Ni el fracaso, ni la pérdida, ni el dolor, ni siquiera la muerte. Esa certeza —que no es arrogancia sino confianza— se convierte en un escudo invisible que no te protege de las tormentas, pero te sostiene en medio de ellas. Es como caminar por un sendero oscuro sabiendo que llevas una luz interna que ningún viento puede apagar. Es la fuerza de quien no teme caer porque sabe que siempre habrá unas manos que lo levanten. Es la tranquilidad de quien enfrenta el caos del mundo con un ancla que lo mantiene firme, no atado sino seguro, libre pero arraigado. Esa es la paz que el mundo no puede dar ni quitar: un arma silenciosa contra el miedo, una certeza inquebrantable que transforma la fragilidad humana en fortaleza.
Por eso, cuando veo el alboroto en las redes, cuando veo el pánico ante la posibilidad de que alguien crea de verdad, solo pienso una cosa: qué tristeza vivir en un mundo donde la fe da más miedo que la desesperanza. Qué tristeza haber vaciado de tal manera el cristianismo que ya nadie recuerda lo que realmente significa.
Pero la luz sigue ahí. Siempre ha estado ahí. Y seguirá estando, aunque el mundo entero la niegue. Porque esa es la naturaleza de la luz: no necesita que creas en ella para brillar. Simplemente brilla. Y cuando estás perdido en la oscuridad más absoluta, basta con que abras los ojos para verla.
Lux sum. “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8:12).
Y esa luz no se apaga, por más que intenten vencerla.
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